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La inteligencia artificial está transformando la atención médica, la educación, la comunicación y la ciencia.
Puede ayudar a los médicos a detectar enfermedades, permitir que más personas aprendan y acelerar la investigación; pero también puede utilizarse para la vigilancia, el engaño y la guerra.
La tecnología por sí sola no puede decidir la dirección; quienes realmente toman las decisiones son las personas.
El mismo conocimiento puede usarse para salvar personas o para crear peligro.
Por lo tanto, el aprendizaje no debería enseñarnos solo «cómo hacer las cosas», sino también llevarnos a pensar «por qué las hacemos» y «si vale la pena hacerlas».
Que una persona sea muy inteligente no significa que sus decisiones sean necesariamente correctas.
Las cosas que la ley permite o que pueden traer beneficios no son necesariamente justas ni beneficiosas.
Necesitamos aprender a preocuparnos por los sentimientos de los demás, considerar seriamente las consecuencias de nuestras acciones y estar dispuestos a cambiar cuando descubrimos errores.
El futuro de la sociedad no lo deciden solo los gobiernos y las grandes empresas. Lo que cada persona dice y apoya cada día, y la manera en que usa internet y la tecnología, influyen en el mundo.
Los seres humanos somos muy buenos para cambiar el mundo exterior. Ahora el desafío mayor es cambiarnos a nosotros mismos: no dejarnos controlar por el miedo, la presión y el interés personal, y esforzarnos por reducir el daño y proteger la vida.
Al final, no solo creamos herramientas más poderosas, sino también a quienes llegamos a ser mediante una decisión tras otra.