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Hoy en día, cada vez más indonesios se sienten enfadados y decepcionados.
Los psicólogos sociales llaman “resentimiento” a este descontento prolongado.
No es solo una emoción después de una protesta, sino la sensación de que la gente no tiene poder y ya no confía en el Gobierno ni en las instituciones públicas.
Las familias políticas adineradas presumen de bolsos de marca, aviones privados y banquetes lujosos, mientras que la gente común tiene que hacer largas colas para comprar arroz barato, los jóvenes no encuentran trabajo y los trabajadores a menudo se quedan desempleados.
Los funcionarios corruptos rara vez se disculpan, y las personas con poder incluso pueden cambiar las reglas para beneficiar a sus familias.
Los académicos universitarios a veces ayudan al Gobierno o a las empresas a explicar políticas controvertidas, mientras que los tribunales y los organismos anticorrupción tienen cada vez más dificultades para limitar a quienes están en el poder.
La información falsa en internet suele afirmar que la economía está mejorando, pero muchas familias afrontan el aumento de los precios y la disminución de sus ingresos.
Los incendios forestales, la contaminación y la minería también hacen que los habitantes rurales pierdan sus tierras y enfermen.
Cuando la gente siente que la ley solo ayuda a los fuertes y que su sufrimiento se ignora, disminuye su confianza en la democracia.
Indonesia necesita un Gobierno más transparente, leyes más justas y líderes verdaderamente responsables para recuperar la confianza del pueblo.