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Venezuela sufrió recientemente dos fuertes terremotos, de magnitud 7,2 y 7,5, separados por solo 39 segundos.
Ambos terremotos fueron superficiales, por lo que el temblor en la superficie fue especialmente fuerte, y las sacudidas también se sintieron en Brasil, Colombia y el Caribe.
Hasta ahora, han muerto 4.336 personas, 16.740 han resultado heridas, 19.000 se han quedado sin hogar y al menos 20.000 están desaparecidas.
La capital, Caracas, y La Guaira están cerca de fallas, y alrededor del 80% de la población del país también vive en la costa norte.
Algunas ciudades de esta zona fueron construidas sobre barro y arena blandos, lo que amplifica las ondas sísmicas y hace que los edificios se sacudan con más fuerza.
Años de crisis económica y social han empeorado la situación: muchos hospitales carecen de medicamentos, equipos, agua, electricidad y personal especializado, y los servicios de bomberos y rescate también carecen de personal y vehículos.
Muchos edificios antiguos llevan mucho tiempo sin inspección ni mantenimiento, y algunas viviendas públicas también son sospechosas de tener problemas de calidad en la construcción.
Este desastre muestra que el peligro de los terremotos no proviene solo de la naturaleza, sino también de la planificación urbana, la seguridad de los edificios y la capacidad de rescate.