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Si una afirmación se repite durante muchos años en las escuelas, las noticias y las películas o programas de televisión, la gente suele tomarla como un hecho, incluso si después aparece evidencia contraria.
El famoso «experimento de la prisión» es un ejemplo.
En el pasado, se usaba a menudo para explicar que las personas comunes, con solo recibir poder, se volverían crueles rápidamente.
Sin embargo, al revisar más tarde los registros del experimento, se descubrió que los organizadores habían enseñado de antemano a los «guardias» cómo hacer que los «prisioneros» se sintieran asustados e indefensos, y les exigían continuamente que se comportaran con mayor dureza.
Por lo tanto, el comportamiento de los participantes no surgió de forma natural, y el experimento no puede demostrar la conclusión original.
Los reportajes sobre desastres tienen un problema parecido: los medios a veces destacan la violencia y el caos, pero pasan por alto que muchas personas se ayudan unas a otras durante una crisis.
Al estudiar historia y ciencia, no debemos creer una historia solo porque se haya transmitido durante mucho tiempo. En cambio, debemos examinar las pruebas, entender cómo ocurrieron los hechos y estar dispuestos a corregir nuestras ideas anteriores según la nueva información.